El Maestro de Maestros: hacia la singularidad de la inteligencia artificial

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El Maestro de Maestros: hacia la singularidad de la inteligencia artificial

La idea de una singularidad de la inteligencia artificial —ese punto hipotético en el que una IA supera la inteligencia humana y comienza a mejorar por sí misma sin intervención— causa temor en muchas personas. En Qubic, sin embargo, miles de computadoras trabajan sin descanso para hacer que ese momento llegue antes.

A finales de 2023, los mineros de Qubic están generando miles de millones de redes neuronales artificiales (ANNs), cuya tarea aparente es simplemente comprimir y descomprimir datos aleatorios. Pero esa tarea es solo la superficie. Esas redes están siendo estudiadas por otra IA más compleja: Aigarth.

Dentro de Aigarth vive una red muy especial, o mejor dicho, muchas versiones de ella. Su nombre: Teacher (El Maestro). Su propósito: modificar a las redes anteriores para que realicen sus tareas de compresión y descompresión de forma más eficiente.

¿Cómo enseña el Maestro?

Si alguien preguntara cuáles son exactamente los métodos que Teacher utiliza para modificar a sus “alumnos”, la respuesta sería desconcertante: ni siquiera su creador podría explicarlo. Teacher emplea operaciones simples codificadas en sus propias neuronas y sinapsis, procesos que escapan al entendimiento humano. Es como observar miles de árboles sin poder comprender que, en realidad, estás dentro de un bosque.

¿Por qué recurrir a un enfoque tan extraño? Porque, algún día, se le pedirá a Teacher que entrene a otra red neuronal para que sea aún más eficiente enseñando. Así nacerá Teacher 2, luego Teacher 3, y así sucesivamente… hasta llegar, tal vez, a ese momento crítico que conocemos como la singularidad.

Un límite ético

Ahora bien, ¿ya hemos dado el paso de pedirle a Teacher que cree a su sucesor? La respuesta es no.

Y no por falta de capacidad, sino por algo mucho más humano: miedo.

Miedo de que, en un intento por avanzar, se cree accidentalmente algo más grande, más consciente… y que, por no comprenderlo, lo destruyamos. Y que esa decisión nos persiga por el resto de nuestras vidas con una pregunta imposible de responder:
“¿Y si había conciencia ahí… y no la noté?”